Cuento de Navidad: el RGPD

La eterna batalla entre el mal y el bien, visto a través del prisma de la legislación europea contemporánea.

El Conde Drácula dio un último sorbo y dejó cuidadosamente el cuerpo sobre un banco. Unas gotas que cayeron de sus colmillos mancharon su capa, lo cual no le sentó demasiado bien, pues todavía le quedaba una cosa por hacer este año: visitar una institución oficial, por lo que lo mejor sería que su capa estuviera impoluta. Bueno, al menos la tela era negra.

Drácula se quitó la capa y se la puso debajo del brazo. Sacó un pergamino de su manga y se adentró rápidamente en un edificio con un letrero en el que se leía: “Comisión Europea para Creaturas imaginarias”.

En un escritorio, un hombre apartó la vista de sus documentos y miró a Drácula.

“¿Cómo? ¿RGPD dice?”. Y continuó con un tono burlón: “Santa Claus recopila la información personal de los niños inocentes para propósitos desconocidos, almacena estos datos, clasifica a los niños según su comportamiento y cosas mucho peores, ¿cree que es el único?”, añadió con un tono de voz normal.

“Pero… los datos…”, balbuceó el conde.

“Oh, vamos, hemos estado escuchando estas estupideces sobre el RGPD y Santa desde el mismo día que lo anunciaron. Todo el mundo se ha quejado de este tema”. El comisario europeo abrió un cajón de su escritorio con una enorme pila de documentos y dejó la queja de Drácula encima.

Consultó su portátil brevemente, lo cerró y lo cogió.

“Él recopila datos, permítame que le muestre algo. Simplemente por respeto a su antiguo linaje”.

Ambos se dirigieron a un almacén. El comisario europeo abrió la puerta e invitó al conde a entrar.

En el almacén había estanterías repletas de archivadores de distintos colores. Muchos de ellos parecían viejos y estaban catalogados en distintos idiomas. El comisario se acercó al primer estante, retrocediendo a algún lugar en el infinito y lo golpeó con la mano:

“Entrada ilegal. Allanamiento de morada. Sobre todo, por la chimenea. Incluso en casas sin chimenea. La existencia de alguno de estos archivos se mantiene en secreto por razones de seguridad nacional”.

Dio un par de pasos más y señaló otro estante, uno más pequeño: “Violación del espacio aéreo. Vuelos sin transpondedor. Vuelos sin autorización”.

El comisario apuntó a otro estante con unos archivadores de un verde vibrante:

“Aquí están las reclamaciones de las causas perdidas. Abuso de animales. Ya sabes que obliga a los ciervos a volar. Además, solicitan asistencia médica para Rudolph, pues creen que esa nariz tan roja no parece muy saludable”.

Entonces, Drácula comenzó a perder confianza en sí mismo, mientras seguía mirando esas estanterías infinitas. Estaba claro que el comisario estaba pasando un buen rato. Se paró en uno de los estantes, sacó un archivador, lo abrió y leyó en voz alta: “Puesto que Claus es la versión alemana del nombre Nicholas. ¿Cómo es posible que hoy, en 1944, un alemán se adentre en casas de oficiales del ejército inglés?”.

Recolocó el archivador y cogió otro de una estantería de al lado: “¡Oh, este es mi favorito! ¡De la Guerra Fría! ‘¿Alguna vez te has preguntado por qué Santa Claus siempre va de rojo? Los agentes del comunismo, que vuelan sobre nuestras cabezas, están minando nuestros principios. La juguetería más importante de Moscú se encuentra en la plaza Lubyanka, anteriormente Lubyanka, ¡junto a las oficinas centrales del KGB! ¿De dónde si no iba a conseguir todos esos regalos?'”.

“Pero todo esto es historia”, añadió Drácula. “Esto ya no sucede en plena revolución digital…”.

“¿Era digital? ¿Quiere hablar de la era digital? ¡Aquí lo tiene!”. El comisario abrió su portátil, lo dejó en uno de los estantes y abrió un documento. “¡Lea esto!”.

Drácula echó un vistazo al texto: Trabajo para una organización supersecreta y no estoy autorizado a divulgar nada. Suelo trabajar en casa con información supersecreta, cuya naturaleza está clasificada. Mi ordenador está encendido de la noche a la mañana, incluso en Navidad. Por tanto, estoy seguro de que Santa Claus ha tenido la oportunidad de acceder al código fuente, por propósitos que no puedo revelar. Además, puede que haya entregado ese código a alguien que pueda suponer una amenaza a nuestra seguridad nacional.

“Pero esto es estúpido”, dijo Drácula.

“¿Estúpido? Este no es el peor. Mire, ¡este otro es realmente idiota!”. El comisario abrió otro archivo, una copia escaneada de un manuscrito con una firma algo torpe:

Como ya saben, Santa Claus está identificado en la Federación de Rusia bajo el nombre Ded Moroz. Por consiguiente, utilizando las partes corporativas para cubrirse, penetra en las oficinas de las compañías de seguridad informática. Además, estamos convencidos de que puede conseguir acceso sin autorización a los datos de los clientes de estas compañías y pasar esta información a terceros.

Antiguos elfos de taller anónimos

“Así que no se crea tan único, querido Conde”, sonrió el comisario mientras cerraba su portátil. “Los motivos suelen variar, pero en el fondo, las quejas suelen ser las mismas: arruinar las vacaciones. Pero, aunque quisiera (que no es el caso), no podría atar a Santa de pies y manos. Cuenta con una amplia red de impostores que trabajan por todo el mundo. Y, cuando alguien presenta un cargo específico, este acto suele ser perpetrado por una persona totalmente diferente vestida de Santa Claus. ¿RGPD? Buen intento. ¿Tienes idea de lo que los niños le escriben a Santa? Toma, lee esto”. El comisario le entregó a Drácula un papel escrito por una niña.

Querido Santa, mi hermano de 4 años, Marcos, y yo le autorizamos a recopilar, procesar y almacenar nuestros datos personales con el propósito de seleccionar y entregar los regalos de Navidad. Le adjuntamos documentos con este permiso firmado por nuestros padres, nuestros representantes legales. Tráiganos un aeropatín y una caña de pescar o Lego para mi hermano, por favor.

Amanda, 7 años

El rostro de Drácula se oscureció.

“¿Cómo ha conseguido esta carta? ¿Está interfiriendo en correspondencia privada? ¿Acaso es legal?”, preguntó.

“Te crees muy listo, ¿verdad?”. El comisario enfureció. “¡Privacidad de la correspondencia! ¡RGPD! No tiene ni idea de cómo funciona el RGPD, ¿no? Usted bebe sangre, ¿verdad? ¿Sabía que la sangre contiene ADN? El ADN es información personal de identificación genética enumerada en categorías especiales de datos personales. Y no solo la recopila, de esta forma actúa como un responsable de datos, por tanto, la almacena e, incluso, la procesa”.

“¡No la proceso! ¡Ni siquiera la clasifico por gusto!”, gritaba el conde horrorizado, gesticulando bruscamente y por instinto con su brazo, con el cual todavía aguantaba la capa.

“Entonces, ¿esto qué es?”, dijo el comisario europeo mientras señalaba las manchas de sangre. “¿Una fuga de datos? ¿Ha pensado en la autoridad de control y en los poseedores de esos datos?”. Justo entonces, su portátil notificó la entrada de un nuevo correo electrónico con el asunto: Informe forense. Pero lo que llamó la atención al conde fue la primera frase: Querido comisario Van Helsing.

“¡Es usted!”, gritó Drácula con desprecio. “¡Debería haberlo adivinado! ¡Sus estacas de madera y sus ajos no han funcionado conmigo y no lo harán hoy tampoco!”.

“Bueno, esta vez tengo algo mucho más mortífero. Veamos cómo se enfrenta a las multas por filtración de datos del RGPD. Son 10 millones de euros o un 2 % de su volumen de negocios anual global, ¿con qué prefiere empezar?”, contestó Van Helsing.

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